Cafe_Ullate

 Victor Ullate y Jesús R. Gamo. Foto: Gaby Maciel.
JESÚS R. GAMO toma un café con
Víctor Ullate

1 de Diciembre de 2016, 12:00 h.


El despacho que Víctor Ullate tiene en su mítica escuela madrileña del Retiro es casi como una casa, todo lleno de recuerdos, las paredes cubiertas de fotos, como una historia de la danza reciente hecha collage, poblada de grandes bailarines, coreógrafos y maestros, un mini museo del ballet entremezclado con imágenes de momentos más íntimos, familiares, una instalación: vida y arte. 

No mucho tiempo antes de abrir su escuela, cuando él iba a sus primeras clases, de niño, España era casi un desierto. En Zaragoza estaba María de Ávila, con quien se formó antes de mudarse a Madrid para unirse a la compañía de Antonio Ruiz Soler con quince años. Con él tuvo la oportunidad de viajar al extranjero: “Cuando viajaba con Antonio, en cada ciudad a la que iba, procuraba tomar clases con las diferentes compañías que allí había y en la escuela del Royal de Londres estuve un mes.” 

En Estados Unidos conoció a Balanchine y asistió a clases con el New York City Ballet. Aquí no había todavía ni Ballet Nacional, ni Compañía Nacional, ni Festival de Otoño. Víctor bailaba escuela bolera, clásico español e incluso flamenco con Antonio y se hacía sus clases de ballet solo, en los huecos libres, para no perder la técnica clásica. Tenían contratos de tres o cuatro meses y el resto del tiempo trabajaban en televisión o hacían producciones de teatro. Un domingo, de repente, oyó que un tal Maurice Béjart había venido a Madrid. Su compañía bailaba esa noche en la Zarzuela. Víctor no se lo pensó dos veces: “Cogí el metro, me presenté allí. Vi a un señor con unos ojos azules enormes y pensé ‘este hombre o es un ángel o es el diablo’, me acerqué y le dije que era bailarín y que me gustaría que me viera y que me dijese si servía para bailar”. Era tarde, la representación estaba a punto de comenzar, pero Béjart lo invitó a subir al escenario y le pidió que bailara lo que quisiera, le dijo que se quedase a ver la función y a los quince días Víctor tenía un contrato para unirse a los Ballets del S.XX en el Teatro de la Monnaie de Bruselas. 

A partir de ahí, comenzaba un viaje por todo el mundo y una de las dos veces que la compañía de Béjart vino a Madrid para bailar en el Palacio de los Deportes, la embajada dio una fiesta, Víctor fue y allí le ofrecieron la dirección del Ballet Nacional Clásico que iba a crearse. “Fue empezar algo sin medios, hicimos audiciones, había muy poca gente que bailase, con poca base. Lo lógico hubiera sido formar una escuela que es lo que yo luego hice más tarde.” 

Aquel primer Ballet Nacional Clásico comenzó en el estudio de Mariemma que era una sala muy pequeña hasta que después los trasladaron al Hospital de San Carlos que estaba a punto de transformarse en el Museo Reina Sofía. “Era un sitio tétrico, había fetos… Estando nosotros allí empezaron los trabajos para convertirlo en un museo. Se nos inundaba la sala con las lluvias. Llamé a la prensa y salieron todos los bailarines con fregonas quitando agua. Eso al ministerio le sentó fatal y hubo una persona que me dijo: ‘así como hemos echado a Gades, te echaremos a ti también.’”

Finalmente dejó la institución nacional e hizo caso a su intuición inicial: formó una escuela, una escuela en la que se han formado grandes bailarines que están ahora en muchas de las compañías de ballet de todo el mundo, un centro en el que ha cultivado una de sus grandes pasiones, la pedagogía: “Yo enseño a bailar con la cabeza, no con los pies: sentir el movimiento de un brazo, de una pierna o de la cabeza y luego coordinar todo eso dándole sentido y sentimiento, poniendo alma en lo que haces. Ese tipo de enseñanza es la que me ha cautivado a mí en la danza.” 

De la escuela salió su compañía, una agrupación que sigue manteniendo a Ullate ilusionado: Nada más llegar yo a aquel despacho lleno de fotos, ese día, me contaba que están inmersos en una nueva creación, Carmen, “que está ambientada en el glamur de la moda y de la liberación sensual”, que se estrenará en Junio de 2017, que van a ampliar la plantilla de bailarines, que hacen una audición, que la compañía está abierta a cualquier bailarín con potencia física y expresiva, que no les falta trabajo, que en la escuela tienen cada vez más chicos, que quiere hacer una gran casa de la danza donde los alumnos sin muchas posibilidades económicas puedan residir y estudiar, una fundación, que la danza es una terapia fantástica, “un bálsamo para el espíritu”. 

Después, justo antes de despedirnos, cogía un libro, Víctor Ullate, la vida y la danza, que Carmen Guaita escribió en 2013, una biografía de aquel niño que dejó su Zaragoza natal y que cambió el paisaje de la danza española para siempre. Me lo dedicó: “Espero que disfrutes de este libro y que te de fuerzas para seguir escribiendo sobre este arte tan maravilloso, la danza.”

Jesús R. Gamo