Cafe_Sharon_Fridman

 Jesús R. Gamo y Sharon Fridman. Foto por cortesía de Jesús R. Gamo.
JESÚS R. GAMO toma un
Café con Sharon Fridman

Madrid - Viernes, 29 de Mayo, 10:00, 2015


Conocí a Sharon Fridman a finales del verano de 2009 en Londres, en el banquito que hay justo a la entrada del Centro de Danza The Place. Ambos estábamos allí inmersos en diferentes proyectos artísticos y habíamos hecho una pausa para fumar un cigarrillo. Yo, en aquel momento, no lo sabía del todo aún pero estaba a punto de dejar Londres para volver a instalarme en Madrid, ciudad en la que Sharon llevaba unos años afincado. Ahora, en 2015, nos vemos más a menudo y muchas veces hablamos sobre la escena de la danza de nuestra ciudad, sobre cómo abonar un terreno tradicionalmente árido para permitir que algunas de las semillas que plantamos entre todos los que trabajamos este paisaje lleguen a germinar. A finales del mes de mayo quedamos un día junto a la puerta del antiguo Cuartel del Conde Duque, esta vez en la mesa de una terraza de una cafetería. En Conde Duque hay una sala inmensa de danza, una de esas con los techos muy altos y grandes ventanales por los que entra mucha luz. Esa sala, que permaneció vacía durante un tiempo, acoge ahora a un colectivo de coreógrafos del que Sharon y yo formamos parte, Coreógrafos en Comunidad. Esa mañana Sharon estaba ensayando allí su última producción, Caída Libre, justo antes de viajar a Cádiz para presentarla en el Festival Cádiz en Danza. La visión de Sharon está teñida por la experiencia del que se integra en una nueva comunidad y cultura que le es ajena. Al llegar a Madrid, me contaba, se dio cuenta del hueco existente entre la creación muy joven y la de los artistas que ya habían recorrido un camino largo y que, aún así, todavía luchaban para sacar adelante sus proyectos. Las”relaciones de amor”, como él las llamaba, eran aquí la única posibilidad para garantizar que las cosas pudieran salir adelante, enamoramientos entre, por ejemplo, un cierto artista y una determinada institución o el director de un festival o un teatro.”Un tipo de relación facha”, apuntaba,”con poco interés por lo colectivo y que no fomenta el crecimiento de la escena general, como si no hubiera nadie que pensara en la necesidad de crear estructuras o caminos por los que poder canalizar los diferentes esfuerzos individuales para construir algo más grande”. Y volvía a poner el paisaje como ejemplo:”si el terreno no está preparado para absorber el agua, si no hay canales, ésta acaba por perderse.” Es curioso, comentábamos, porque la propia formación en danza en España ha fomentado, tal vez, el que los bailarines piensen tan sólo en prepararse ellos mismos para poder trabajar con agrupaciones que luego resultan insuficientes para acogerlos pero no se les ha enseñado el valor de la iniciativa. Es fácil para el que viene de fuera darse cuenta de que en Madrid cada uno cultiva sólo su parcela, de que falta intercambio y de que los límites no suelen cruzarse. Y ahí surgía en nuestra conversación, inevitablemente, también, el presente cambio político en nuestra ciudad, un retorno a la izquierda que augura un paisaje cultural diferente, una preocupación por el tejido colectivo sobre el que cada uno de los individuos pueda apoyarse.” Desde luego, si lo pensamos coreográficamente, estamos ante la perspectiva de otra composición absolutamente diferente a la que Madrid lleva sosteniendo sus últimos veinticinco años”, añadía Sharon. Es interesante comprobar cómo unas ideas, un concepto social, puede materializarse en un lenguaje escénico. La práctica coreográfica de Sharon, como él mismo sabe reconocer, está firmemente motivada por todas esas cosas que él ha echado en falta en la escena madrileña. Esa necesidad de lo colectivo, del contacto, del grupo que sustenta al individuo, del valor de poder apoyarse en los demás, emerge con fuerza en sus creaciones.”Todas esas cosas son necesarias”, me decía,”porque faltan aquí. Y es la propia falta la que me hace sentir la urgencia de ponerlas sobre la escena. Es ahí donde encuentro la relación entre lo que hago y el sitio en el que estoy”. Y es que, a veces, el choque entre lo que se es y el entorno en el que se está nos da fuerzas para afirmar nuestra identidad y eso artísticamente puede ser muy interesante. Luego, Sharon lanzaba un deseo al aire:”estampar esos ideales, esas utopías, en este territorio. Dejarlo todo impreso.” Actualmente Sharon, además de encargarse de la dirección artística de su compañía, está colaborando con el Centro Cultural del Conde Duque y prepara un nuevo festival de danza contemporánea con el que quiere apoyar la creación de estructuras de las que hablábamos al principio e impulsar los esfuerzos de los creadores jóvenes para que éstos puedan seguir avanzando y labrando el futuro del paisaje de la danza madrileña.


© Danza Europa y Américas No. 065 - Julio 2015