Cafe_Jose_Martinez

 José Carlos Martínez y Jesús R. Gamo. Foto: Eva Viera.
JESÚS R. GAMO toma un café con
José Carlos Martínez

Madrid, 4 de Febrero de 2016, 17:30 h


Gran parte del tiempo de los últimos años de mi adolescencia lo dediqué a encerrarme en la sala de estar de la casa de mis padres: tenía varias cintas VHS y algunos DVDs que reproducía compulsivamente para ver a mis bailarines favoritos. La primera vez que vi a José Carlos Martínez fue en el “Solo de la Televisión” de la coreografía “Apartamento” que Mats Ek creó para la Ópera de París en el año 2000. Junto a otras grandes interpretaciones -como las de Lauren Potter, Jordi Cortés y Nigel Charnock, a los que veía a menudo en “Strange Fish” de Lloyd Newson (1992), las de Sylvie Guillem y Niklas Ek en “Smoke” de Mats Ek (1995) o la de Pina Bausch en “Café Müller” (1978)- la de José Carlos; la mirada fija, perdida, hundiéndose en aquella especie de chaise longue ondulada; se convirtió en uno de los referentes de mi juventud. Había algo desgarrador en aquella escena, tal vez la forma en la que, de repente, el sonido acababa por salir del cuerpo, como un deseo que manara libre durante unos instantes de un paisaje encerrado en sí mismo, una pequeña fractura, una grieta. Muchos años después de aquello, una tarde de Febrero, me vi paseando a su lado por el Matadero de Madrid, camino a una cafetería y, al mencionar aquel personaje, me contó lo difícil que había sido llegar a aquellos sonidos, a esas palabras aparentemente tan sencillas (“Te quiero, guapa. Te quiero más que un perro a su amo que va por la calle cantando…”) pero que a tantos adolescentes como yo, seguramente más a tantas que a tantos, debieron conmover en las casas de sus padres aquel año del cambio de siglo. Ya tomándonos el café, José Carlos compartía conmigo algunos recuerdos de infancia: la primera vez que vino a Madrid fue a los seis años porque tenía un soplo en el corazón, el médico le aconsejó que no bailara. Sin embargo, Pilar Molina, su maestra de ballet, acabó convenciendo a sus padres y tras buscar en varios sitios lo dejaron irse de su Cartagena natal a Francia. “En Madrid no había nada organizado, con catorce años tendría que haber buscado un piso compartido pero en Cannes tenían internado y había que continuar con los estudios. El primer año estuve estudiando francés y luego ya me metieron al colegio hasta que acabé haciendo el equivalente a la selectividad de aquella época en Francia. Estaba todo muy bien pensado.” Allí estudió de todo: clásico, contemporáneo, jazz, comedia musical, danza española e incluso sevillanas. “Eso fue una gran ventaja al llegar a la Ópera de París y estar en el mundo clásico en un momento en el que la compañía se abría a todo lo contemporáneo. Para mí fue mucho más fácil que para otros bailarines que venían de la Escuela de la Ópera.” Eran los años noventa y aquella gran institución de la danza se convertía en una de las pioneras en colaborar con coreógrafos que estaban explorando otros lenguajes. Ya en los ochenta, Nureyev había comenzado a traer a Forsythe, había hablado con Pina Bausch… Después, con Brigitte Lefèvre, el paso fue mucho más grande y, tal vez, esa trayectoria aperturista encontró su máximo exponente en la colaboración de la compañía con el coreógrafo Jerôme Bel. José Carlos recuerda aquellos tiempos: “La dirección quería ir hacia ese repertorio pero los bailarines se negaban. Ahí había muchísima tensión y muchos de los coreógrafos venían y lo pasaban fatal”. A principios de los 90 bailó la “Giselle” de Mats Ek y a partir de ahí comenzaron a caer barreras, “Ek decía que no quería ver al bailarín, quería verte a ti. Hasta ese momento, la técnica había sido lo primero. Después, mi forma de bailar fue diferente.” Luego, Jean-Claude Gallota le pidió que olvidara que era un bailarín clásico. “Casi nadie de la Ópera quería bailar con él. Para mi fue una gran experiencia y pude llegar a librarme del rigor académico gracias a la formación que había recibido en Cannes.” El deseo de coreografiar le llegó porque a veces no estaba de acuerdo con lo que le pedían. Pensó que la única forma de hacer las cosas como él quería sería montando sus propias piezas. Tras veinticinco años en Francia, volvió a España para instalarse en Madrid y dirigir la Compañía Nacional de Danza. En el contrato que José Carlos firmó con el Ministerio de Cultura se estipulaba que la compañía tenía que ser el motor de la danza en España y, aunque en un principio eso le pareció algo exagerado, pronto se dio cuenta de que en cierta forma el Ministerio tenía razón: “somos la compañía subvencionada, no al cien por cien porque tenemos a LOEWE que nos ayuda, pero casi, con los impuestos de todos, y tenemos que hacer que exista danza, cada vez más. Por eso es muy importante el proyecto pedagógico, el abrir las puertas de la compañía para que la gente pueda de verdad integrarse porque forma parte de la misión que nos debemos.” Aún así, y a pesar de los esfuerzos que la CND pueda hacer, José Carlos reconoce que en Madrid falta un lugar de encuentro entre el público y los artistas, un espacio para la creación y la difusión de danza en el que se puedan unir sinergias y justo antes de despedirnos me contaba un deseo para el futuro: “me gustaría seguir viviendo en Madrid, me siento muy bien aquí. Cerca de mi casa hay unas naves abandonadas y cada vez que paso por allí pienso: cuando deje la compañía, vendo mi casa de París, cojo una nave de éstas y hago un espacio de creación, una minicasa de la danza para Madrid.” Jesús R. Gamo