Cafe_Elena_Cordoba

 Jesús R. Gamo y Elena Córdoba. Foto: Clara Pampyn
JESÚS R. GAMO toma un
Café con Elena Córdoba

Madrid, 16 de octubre de 2015, 12:30 h


Los jueves por la mañana, de 10 a 12, voy a la clase que Elena Córdoba imparte en un estudio al lado del metro de Tirso de Molina. Es un espacio para conectar con el relato del cuerpo, un lugar para detenerse a experimentar nuestra anatomía en profundidad. Podemos dedicar un mes entero a los músculos oblicuos, por ejemplo. Poco a poco, vamos prestando atención a los detalles: el tiempo que usamos para contraerlos y la velocidad con la que los distendemos, las resonancias que se producen en el resto del cuerpo o la posibilidad de mandar la atención a una parte concreta de los mismos –la inserción de más abajo, en las crestas iliacas, o la de más arriba, en las costillas-. El ritmo con el que cada uno decide experimentarlo o la amplitud que le damos a los diferentes intentos son algunos de los factores que hacen que, finalmente, acompañados por lieds alemanes o canciones pop, acabemos movilizando todo el cuerpo a partir de una pequeña semilla y bailemos. Desde que voy a sus clases, tengo la sensación de que determinados músculos se me dibujan en el cuerpo con un nivel de precisión que antes no había conocido. Y es lógico, Elena lleva años colaborando con el cirujano Cristóbal Pera para su proyecto Anatomía Poética. Juntos, han dedicado mucho tiempo a observar músculos, huesos, órganos, etc., a estudiar sus movimientos, sus funciones, sus relaciones, sus espacios. Durante ese tiempo Elena ha creado propuestas escénicas construidas sobre la naturaleza del cuerpo: el aire y las vías respiratorias, la inserción del cráneo sobre el atlas o la estructura de la pelvis han sido algunos de los puntos de partida para sus últimas piezas. Esta práctica se plasma también en su trabajo como pedagoga y es bonito ver cómo muchos de los intérpretes y creadores de Madrid que acuden a sus clases aplican luego ese conocimiento profundo del cuerpo de diferentes formas en distintos trabajos. Uno de esos jueves, al salir de la clase, fuimos a tomar café a una terraza de la plaza de Cascorro y Elena me tendió la mano para guiarme por un viaje que empezaba en el Estudio de Valentina Kaschuba, la bailarina de Diaguilev, donde comenzó a bailar a los siete años. Después, tras una temporada junto a Anatol Yanowsky en Canarias, volvió a Madrid, se cruzó con un Festival de Otoño en el que descubrió a Pina Bausch y a Robert Wilson y decidió irse a París. Allí estuvo cinco años y una de las cosas que recuerda fue su encuentro con Takuya Ishide, un bailarín de Saburo Teshigawara: durante tres años, una o dos veces por semana, estuvieron quedando en parques y plazas para bailar juntos. “A través de él conocí el butoh, yo estaba lejos formalmente pero muy cerca a nivel sensorial. Hubo un detenerse sobre la sensibilidad y la sensualidad del cuerpo que se me quedó muy grabado.” En el año 90 regresó a Madrid y coincidió que muchos otros que se habían ido también volvían. Alrededor del Teatro Pradillo, que se abría a una escena interdisciplinar, se congregó gente de la danza, del teatro y del texto: Olga Mesa, Blanca Calvo, La Ribot, Rodrigo García, Antonio Fernández Lera, Carlos Marquerie. “Yo, que venía de Francia de ver grandes compañías como Pina Bausch, Anne Teresa o Jean Fabre, de repente descubrí que había otro formato ligado a un tamaño más pequeño, a un cara a cara y a otra manera de concebir la escena. Recuerdo ver en Pradillo las primeras obras de Francisco Camacho, de Vera Mantero o Meg Stuart.” La ruptura de fronteras entre el teatro y la danza también fue algo determinante: Elena trabajó muy pronto con Rodrigo García que a su vez generó textos para obras de Olga Mesa y Antonio Fernández Lera escribía sobre lo que estaba pasando en la danza. “Hubo una dinámica de reunión de energías. Esa generación sintió que la escena era un lugar abierto, no compartimentado. Fue una vuelta brutal.” La Cuarta Pared también fue un espacio muy importante para ella como ahora vuelve a serlo Pradillo donde Elena reconoce algo de aquellos encuentros entre artistas que se dieron en los 90. Del Madrid actual resalta la vitalidad y pluralidad de iniciativas que van encontrando sus espacios a pesar de la precariedad económica. “No sé si institucionalmente se entenderán o se aprovecharán, probablemente no, como pasa históricamente en esta ciudad. En Madrid, como nunca ha habido nada, radicalmente nada, es como que estamos peleando con los dientes constantemente y renovándonos constantemente pero, como todo, las renovaciones tienen unos ciclos. Luego hay que cimentar o se nos deshará igual.” Poco antes de despedirnos Elena me regalaba una frase del pensador francés Alain, “la naturaleza de nuestro cuerpo nos habla de nuestro destino como hombres”, y reflexionaba en torno al cuerpo y la danza: “Me interesa poder abordar cualquier cuerpo, el de un bailarín, el de un adolescente o el de una señora de 85 años. Mi trabajo no es sobre la construcción de un lenguaje sino sobre la sensación (…) Mi naturaleza enseñará por mí lo que puedo hacer y lo que no. Va a enseñar tanto mi fuerza como mi debilidad. Hay una poética muy profunda en ese ser capaz y ser incapaz a la vez. Esa esencia carnal sólo está en la danza.”


© Danza Europa y Américas No. 068 - Noviembre 2015