Cafe AS 16

Carmen Werner y Jesús R. Gamo. Foto: Eva Viera.
JESÚS R. GAMO toma un café con
Carmen Werner

Madrid, 29 de Junio de 2016, 11:30 h.


La primera vez que vi el trabajo de Provisional Danza fue en 2005, en la Cuarta Pared de Madrid, sala donde esta compañía de danza tiene residencia. Era la pieza “The End (Hiroshima)” que Carmen Werner había creado con bailarines españoles y japoneses. Recuerdo una atmósfera tenebrosa, cuerpos retorciéndose contra la pared del fondo y luego, de repente, la luz más brillante, vestidos estampados de colores y mujeres sonrientes paseando lechugas frescas por la escena. Recuerdo también que, por esa época, los estudiantes de danza sabíamos que si queríamos quedarnos en Madrid al terminar los estudios, Provisional era una de las pocas opciones que había para trabajar como bailarín contemporáneo con contrato anual. Hoy, más de diez años después, la situación es parecida con la diferencia de que ahora Carmen puede contratar a menos intérpretes que antes y con nóminas más bajas. Aún así, es todo un triunfo. Provisional Danza es una de las pocas compañías de danza contemporánea que todavía ofrece trabajo regular en Madrid. Ese esfuerzo se nota. La pequeña seguridad económica que Carmen ha ganado durante estos años para los bailarines que han pasado por su agrupación, unida a un ambiente artístico proclive –los intérpretes de Provisional, además de participar en las creaciones de Carmen, componen su propio trabajo coreográfico que luego se muestra en programas como “La Noche de Solos” que acoge la Sala Cuarta Pared-, ha hecho que muchos de ellos se hayan desarrollado después como grandes creadores del panorama de la danza contemporánea madrileña. Aquella mañana de Junio, sentados bajo la palmera que hay junto a su estudio del barrio madrileño de Aravaca (una antigua casa familiar reacondicionada como sala de ensayos), Carmen compartía conmigo sus recuerdos sobre la danza en Madrid a principios de los ochenta: “La situación era muy limitada, la única escuela que había era Carmen Senra donde se hacían técnicas, como yo digo, clásicas: Graham, Horton, Limón... Empezó a haber también algo de Contact. Luego, estaba la ilusión de los Festivales de Otoño que traían a gente de fuera, yo no me perdía nada. Pero en aquella época, ya te digo, se veían clases de Limón o de Graham en el escenario, no se veía ninguna creación propia. Más tarde, gente como Bocanada empezó a introducir cosas más personales. También otra compañía que se llamaba Escape Danza en la que yo participé, yo formé la mía en el 87… Empezábamos a crear gente para la danza contemporánea, no había hombres. Yo me presenté al segundo o tercer Certamen Coreográfico y me dijeron: ‘¿de dónde has sacado a estos chicos?’ y les dije: ‘pues los he fabricado yo’.” Y luego, así, tirando del hilo de la memoria, fueron apareciendo otros recuerdos de aquellos años: Christine Tanguay como gran maestra, el bailarín Iñaki Azpillaga preguntando cómo se llamaba un salto que no tenía nombre, la llegada de las primeras subvenciones, un millón de pesetas, o la ingenuidad de una época en la que, de repente, se estaba aprendiendo todo muy rápido sobre la marcha. Carmen Werner y Jesús R. Gamo. Foto: Eva Viera. Toda esa rapidez, esa forma de hacer a pesar de todo, ha dado sus frutos y de la situación actual Carmen resaltaba: “La evolución de la danza contemporánea en Madrid ha sido alucinante. Ha sido tan deprisa… Hay unos espectáculos impresionantes y, te gusten o no, todos tienen un grandísimo respeto y una elaboración muy potente. Hay una gama tan amplia de estilos que es súper enriquecedor.” Sin embargo, tal vez haya sido esa rapidez, unida a la falta de coherencia en las políticas culturales madrileñas, la que sigue haciendo que los proyectos a largo plazo, como la compañía de Carmen, tengan que continuar luchando hoy, como cuando empezaron, por consolidarse. “La situación actual de mi compañía es lamentable. En el 2012 tuve que reducir los contratos a media jornada porque no teníamos suficiente para pagar, los cachés han bajado, las subvenciones no te cuento. Me las veo y me las deseo para pagar las nóminas, cosa que de momento sigo haciendo. Ahora mis bailarines tienen que buscarse otros trabajos como sea. Es lamentable porque yo siempre había abogado porque el bailarín no tuviera que dedicarse más que a esto.” Así que, con toda esa experiencia, medio de broma, medio en serio, cuando le preguntaba a Carmen qué podíamos hacer los más jóvenes para seguir cambiando las cosas, ella contestaba: “A los jóvenes les diría que lo dejaran, que hicieran farmacia.” Tal vez, el problema en gran parte sean las instituciones, las “autoridades”, como decía Carmen comparándolas con un muro: “Pero, ¿qué hacemos? Imagínate que nos reunimos toda la danza de España y nos ponemos a hablar con esa pared. Imagínate, todos dando nuestro razonamiento, con toda nuestra fuerza y toda nuestra energía, ahí, contra una pared. Eso es muy deprimente, ¿a que sí?”. Y, sin embargo, afortunadamente, en Madrid todavía hay mucha gente que, como Carmen, no se da por vencida: “Sigo adelante porque me gusta un montón y me gusta coreografiar con gente. Qué pena que sólo somos cinco. Pero, bueno, luego me voy fuera, hago coreografías con veintidós y me encanta.”


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